Debajo de las estrellas, en ninguna parte
- Lucas Nahuel Doro

- 1 feb
- 3 Min. de lectura

A veces compartimos no porque tengamos respuestas, sino porque aprendimos a habitar las preguntas sin miedo. Este escrito nace de ahí. No como una verdad cerrada, sino como un gesto vivo: el de tender la mano a quien, en algún momento, sintió que no tenía un lugar al cual volver.
Durante años creí que buscar casa era encontrar un sitio seguro afuera. Con el tiempo entendí que muchos de nosotros estamos en tránsito no solo geográfico, sino emocional, espiritual, humano. Y que esa sensación de no pertenecer puede doler… pero también puede despertar algo profundo.
Comparto este relato porque sé que no es solo mío. Porque hay quienes han amado, perdido, errado, vuelto a empezar y todavía se preguntan dónde encajan. Porque quizás, al leer estas palabras, alguien se permita soltar la exigencia de “llegar” y empezar a habitarse.
Si este texto logra que una sola persona se sienta menos sola, más comprendida o más en paz con su propio camino, entonces ya cumplió su propósito. No busca convencer, ni enseñar. Solo recordar algo simple y esencial: que a veces la casa no se encuentra… se construye por dentro.
Motivación viva es eso: compartir lo que late, lo que transforma, lo que humaniza. Y esta es mi forma de ofrecerlo.
Les regalo este escrito desde lo más profundo de mis emociones, latientes en cada letra, con el deseo de que juntos recordemos la capacidad de habitarnos en cada amanecer, desde el amor más puro que corre dentro de nosotros.
Debajo de las estrellas, en ninguna parte
Muchas veces me preguntaron dónde vivía.
Dónde estaba mi hogar.
La pregunta caía simple, cotidiana, pero en mí abría un silencio largo. Un silencio lleno de mudanzas, de despedidas, de intentos. Catorce años viviendo en lugares distintos, llamando “casa” a paredes que solo fueron refugio por un tiempo. Cada una necesaria. Ninguna definitiva.
Al principio respondía con direcciones. Calles, números, ciudades.
Después entendí que no era eso lo que buscaban… ni lo que yo sentía.
Hoy, cuando me preguntan, respiro distinto.
Y digo que mi hogar es el mundo.
Está debajo de las estrellas.
No está en ninguna parte fija, y a la vez está en todas.
Mi hogar es el lugar exacto donde miro hacia adentro y siento mis emociones sin huir. Donde aprendo a respetarlas, a escucharlas, a hacer las paces con todo lo que me sucedió. Es ese punto invisible donde levanto la mirada al cielo y los ojos me brillan al recordar a mis antepasados, pidiendo en silencio que todos estemos bien, aquí y más allá.
Mi hogar aparece cuando camino despacio y siento amor por los pétalos de una flor, por el canto de un ave que no me conoce pero me acompaña. Cuando puedo perdonarme por lo que pude haber hecho mejor y abrazar, sin castigo, lo que soy hoy. Donde me digo, con honestidad y ternura, que siempre puedo volver a empezar.
Es ese lugar donde suelto por amor.
No por huida.
No por miedo.
Es ahí donde el amanecer me atraviesa profundo, como si algo antiguo despertara conmigo. Donde recuerdo a cada persona que pasó por mi vida y elijo quedarme con lo bueno que dejaron en mí. Donde logro soltar lo que hubiera anhelado vivir distinto, sin negar el dolor, pero sin quedarme preso de él.
Mi hogar es donde puedo perdonarme por las decisiones que tomé cuando sabía lo que podía saber.
Donde me abrazo entero.
Eso es mi casa.
No tiene llaves.
No tiene muros.
Pero siempre me espera.



Comentarios