top of page
Buscar

Crónicas de la Resistencia Emocional






El mundo y la escasez del amor.


El mundo no se quedó sin amor de golpe; se fue vaciando lentamente. Gota a gota. Cada decepción no hablada, cada herida ignorada, cada vez que alguien decidió cerrarse “solo por un tiempo” y nunca volvió a abrirse. Hoy caminamos entre personas que respiran, trabajan, sonríen, pero no sienten del todo. El amor se volvió un riesgo innecesario, una debilidad mal vista, algo que se posterga “para cuando sea seguro”. Y ese momento casi nunca llega. Nos acostumbramos a la carencia como si fuera normal, como si no doliera vivir sin profundidad, sin ternura, sin verdad emocional.


Vivir en resistencia Vivimos resistiendo.


Resistiendo sentir, resistiendo recordar, resistiendo abrirnos. La resistencia se disfraza de carácter fuerte, de independencia, de “yo puedo solo”. Pero en el fondo no es fuerza: es miedo. Miedo a volver a confiar, a volver a entregarnos, a volver a perder. Resistimos al amor porque el amor nos vuelve vulnerables, y ser vulnerables en este mundo parece peligroso. Entonces apretamos los dientes, endurecemos el pecho y seguimos avanzando como si no necesitáramos nada de nadie. Pero resistir tanto cansa el alma.


Nadie sale ileso de vivir siempre a la defensiva.


La negación de lo que sentimos Hay emociones que no desaparecen solo porque decidimos ignorarlas. El amor no sentido se convierte en peso, en ansiedad, en vacío. Fingimos que no sentimos nada, que ya superamos, que ya no importa. Pero el cuerpo recuerda, el corazón insiste. Negar lo que sentimos no nos protege: nos fragmenta. Empezamos a vivir desconectados de nosotros mismos, actuando papeles que no nos representan, diciendo “estoy bien” cuando por dentro algo se rompe en silencio. Reconocer lo que sentimos duele, sí. Pero no reconocerlo nos va apagando lentamente.



El corazón endurecido.


El corazón no se endurece porque sí; se endurece por cansancio. Por amar sin ser visto, por dar sin recibir, por confiar y ser traicionado. Endurecerse parece una solución: “si no siento, no me duele”. Pero el precio es alto. Un corazón endurecido no solo bloquea el dolor, también bloquea la alegría, la ilusión, la conexión genuina. Vivimos funcionales pero vacíos, correctos pero fríos, rodeados de gente pero profundamente solos. Nos convertimos en expertos en sobrevivir, pero olvidamos cómo vivir de verdad.


El silencio de la voz del alma.


La voz del alma no grita; susurra. Y cuando no la escuchamos, no se va: se entristece. La callamos cada vez que elegimos lo cómodo en lugar de lo auténtico, cada vez que traicionamos lo que sentimos para encajar, para no incomodar, para no perder. Esa voz sabe lo que necesitamos, a quién amamos, qué nos duele y qué nos hace falta sanar. Pero escucharla implica responsabilidad, implica cambio, implica valentía. Por eso preferimos el ruido externo, las distracciones, la rutina, antes que sentarnos a escuchar ese silencio que dice verdades incómodas.


La herida compartida.


Lo más doloroso es que no estamos solos en esto. Todos, de alguna forma, estamos heridos. Caminamos con cicatrices invisibles, chocando unos con otros desde nuestras defensas, lastimándonos sin querer. Queremos amor, pero no sabemos recibirlo. Queremos conexión, pero huimos cuando se vuelve real. Somos niños heridos en cuerpos adultos, pidiendo cuidado mientras fingimos que no lo necesitamos. Y en ese malentendido colectivo, el amor se vuelve torpe, incompleto, a veces imposible.


La posibilidad que aún existe.


Aun así, el corazón no olvida cómo latir. Incluso endurecido, incluso apagado, guarda memoria del amor. Basta un instante de honestidad, un acto pequeño de valentía emocional, para que algo se ablande. No se trata de dejar de tener miedo, sino de no permitir que el miedo gobierne toda nuestra vida. Amar sigue siendo un riesgo, pero también es la única forma de sentirnos vivos. Escuchar al alma duele, pero callarla duele más. Tal vez el verdadero acto de resistencia hoy no sea cerrar el corazón, sino atrevernos a abrirlo otra vez, aunque tiemble, aunque no sepamos cómo, aunque no haya garantías.



Yo sigo adelante.


No porque no existan miedos o dudas, sino porque decidí no dejar que definan mis pasos. He aprendido que sentir no es una debilidad y que avanzar con cautela también es una forma de coraje. Camino con conciencia, sabiendo que no todo es seguro, pero confiando en que lo verdadero aún es posible.


Acepto lo que soy y lo que he vivido, sin cargarlo como una excusa ni esconderlo como una vergüenza. No necesito certezas absolutas para seguir intentando; me basta la convicción de que cerrar el corazón por completo no es una opción. Hay una fuerza silenciosa en quien continúa, incluso cuando el camino exige fe.


A quienes siguen intentando: no es ingenuidad, es valentía. Creer, aun con reservas, es una forma de resistencia. Y mientras exista la voluntad de avanzar con integridad, con esperanza y con propósito, siempre habrá posibilidad.

 
 
 

Comentarios


54-9-22-55626827

San Francisco del Monte de Oro,  Provincia de San Luis.
Argentina

Mantente informado, únete a nuestro boletín

¡Gracias por suscribirte!

bottom of page